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Crónica del final de Fringe: “Fringe es azul, roja, ámbar, gris”.


Se ha ido Fringe. Y lo ha hecho siendo fiel a sí misma y a esa legión de seguidores que semana tras semana, a través de las redes sociales, daban aire a una serie que se ahogaba en los ratings estadounidenses. Nunca ha sido una historia sencilla ni apta para todos los públicos. Fringe es pura ciencia ficción, un género complicado; es compleja; es azul, roja, ámbar, gris. Demasiados matices para un público acostumbrado a procedimentales y comedias de veinte minutos. Fringe se sustenta, sobre todo, en el amor y en la fe. Dos conceptos que evitaron su cancelación al final de la cuarta temporada y que permitieron que este pequeño ejército de fans tuviéramos un final digno y a tiempo.

Fringe se marcha con un capítulo doble lleno de agradecimientos y guiños, envuelto en homenajes a ella misma. El Cortexiphan; la vaca Gene en ámbar; las mariposas y las manos de seis dedos; el Universo Alternativo, el nombre de Astrid, el regaliz y el tulipán blanco.

“Enemy of fate”, la primera parte de la despedida, es una exaltación del personaje de Olivia: su coraje la obliga a ponerse de nuevo bajo los efectos del Cortexiphan para viajar al Universo Alternativo y recuperar a Michael. Allí se produce el reencuentro con la otra Olivia, con la que por fin se abraza, y el Lincoln que una vez fue de este lado. Una foto nos cuenta que allí, ellos también tuvieron su final feliz. Con su ayuda, una Olivia mermada ya de fuerzas saca la mejor versión de sí misma, consiguiendo recuperar al niño y volviendo con los suyos.

En este capítulo están también dos de los momentos más emotivos de Fringe. Por un lado, la despedida de Walter y Peter, cerrando un ciclo. “El tiempo que tuvimos, lo robamos”. La verdadera historia de la división Fringe comienza cuando un Walter Bishop desesperado abre una puerta a otro universo para llevarse a un hijo que no le pertenecía. Y esa puerta se cierra ahora con una despedida emotiva, en la que Peter entiende y acepta el sacrificio de su padre para salvar el mundo y para que Olivia y él puedan recuperar a Etta.

El otro gran momento viene también de la mano del gran John Noble, alma de la serie, que bajo el ámbar, se despide de Astrid, su compañera, su mano derecha, la que siempre ha sabido entenderle y confortarle. “Es un nombre precioso… Astrid”. Casi tanto como esa escena.

“Liberty”, el capítulo que cierra la serie, recoge aún más si cabe todos los elementos que han hecho “Fringe”. Incluida esa confusión que a veces reina en la trama, cuando todo gira en torno a imanes gigantes, piezas y fuentes de energía. Y mientras el plan va tomando forma por fin, recuperamos a Broyles, ese gran secundario, siempre en lucha, a la sombra. Olivia y Peter le rescatan de la silla que una vez ocupó Walter y los tres escapan rodeados de casos de las primeras temporadas, un guiño tras otro, mariposas, destellos, seres amarillos, observadores sin cabeza. Y tú sonríes porque sólo con esta serie el horror puede volverse nostalgia.

En el penúltimo acto, como esperábamos, el plan de Walter y Donald toca a su fin. Olivia acaba con Windmark, poesía necesaria made in Fringe. Y esa puerta se abre, y es finalmente Walter quien ha de marchar. Es el momento del sacrificio y la redención. El alma de Fringe.

Y por fin volvemos al parque. Al día de la invasión. Una escena que hemos visto mil veces pero que ahora, sabemos que terminará de otra forma. El verdadero epílogo está al llegar a casa, en el correo. Una carta para los fans y una carta para Peter, de un hombre que en teoría nunca existió, con un tulipán blanco. Uno de los símbolos más recurrentes y emotivos de la serie. Walter lo recibe al final del 2×18 como símbolo de perdón. Ahora es él quien, desde el futuro, se lo hace llegar a un hijo que no le conoce. Pero cuya última mirada nos recuerda que en esta serie, siempre, el amor ha estado por encima de los universos, del tiempo y del espacio. Porque Peter volvió a Olivia, como ella volvió a él, desde otro lugar, desde otro tiempo, porque su amor era más poderoso que cualquier otra cosa. Como el amor de un padre hacia su hijo, de un hijo hacia su padre. Imborrable.

Redactado por María