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Análisis del capítulo 1×07 de ‘Outlander’: Un fantasma, un marido y dos anillos


Hay capítulos que pueden ser especiales por muchos motivos. Hay escenas que marcan un antes y un después en la trama como en la historia. En los protagonistas hay caricias, miradas que hablan más que las palabras.

Hoy llegamos a uno de ellos en Outlander, llegamos a más de una escena que transmite más cosas de lo que dicen sus protagonistas, nos acercamos a palabras que esconden secretos.

¡Vivan los novios! Es la frase perfecta con la que podemos comenzar este análisis, pero ¿a quiénes se lo gritamos?

Por un lado tenemos a Frank y a Claire. Un día como otro cualquiera, caminando por las calles de Londres. El cielo está encapotado, parece que amenaza lluvia, aunque nada puede frenar los deseos y el impulso de Frank Randall. Lo tiene todo planificado, hasta el último detalle. Tiene los anillos, sus padres los esperan en un restaurante, sólo falta que ella acepte.

Claire ajena a todo ello, camina al lado de Frank con gran entusiasmo. Él la para delante del registro, una pareja de recién casado se hacen una foto en la puerta. No hace falta decir nada. No da crédito, este hombre se ha vuelto loco, bloqueada sólo puede decir: “¿Ahora?”.

 “¿Por qué no?” Dice Frank, más nervioso que en todo su vida. Nervioso, inseguro, caminando sobre arenas movedizas, le dan igual sus padres, el que dirán y todo lo demás, sólo quiera hacerla suya, quiere presentarles a su esposa, a la nueva Sra. de Frank Randall. Claire, aunque emocionada e ilusionada, sabe que hay una familia y unas preferencias, para él nada es un impedimento porque: “la única familia que me importa eres tú y la familia que crearemos juntos”. Pero sólo queda una pregunta por hacer: “¿Quieres casarte conmigo?” Y una respuesta que dar: “Por supuesto”.

Muy lejos queda aquel día del s. XX, aquel día de los años cuarenta, la realidad es otra muy distinta, los motivos no son un impulso de amor, sino la protección. El novio, un joven highlander, Jamie, con el que siempre ha sentido una gran afinidad. Un hombre de mente abierta con el que se puede conversar. La novia, la misma en dos bodas diferentes, la primera dos personas que lo llenaban todo, la segunda multitudinaria en el s. XVIII. Los recuerdos le queman el pecho y las lágrimas aprietan los ojos porque quieren salir y dar rienda suelta a la pena. Los recuerdos proyectan una sombra alargada oprimiéndole los pulmones. El recuerdo de un joven matrimonio entrando en el registro queda lejos, convirtiendo a esa pareja en irreal, convirtiéndola en algo que fue y no pudo ser. Se mira al espejo, sí es ella, sigue siendo ella, aunque sólo ve a la mujer infiel.

La puerta se abre y entra el flamante novio, su marido. Jamie tan o más nervioso que ella, porque para él es más nueva toda esta situación, la encuentra sentada como si estuviera esperando algo. De fondo, el griterío de la gente que celebra el enlace y a la espera de la tan ansiada consumación, porque como bien dice Jamie no se irán “hasta que sepan que lo hemos hecho oficial”. Los más atentos, los que informarán de tal acontecimiento es el nuevo duo dinámico de las Highlands, Ruper y Angus, unidos hasta el final retransmitirán todo lo que ocurra en la alcoba.

 El nerviosismo se va apoderando cada vez más de ellos. Ya no son sólo Jamie y Claire, son marido y mujer, una nueva condición que los agarrota, que no les permite comportarse con naturalidad. Ella tiene la mirada perdida en un punto fijo del tocador. Él mira a todo lados, como buscando algo. Parece un animal enjaulado buscando su sitio sin saber qué hacer o qué decir. “¿Quizá una bebida?” Pregunta Claire un tanto alterada. Él acepta, porque a lo mejor el alcohol consigue hacer lo que ellos no son capaces: relajarse.

Jamie brinda por su esposa con amables palabras: “Por una dama elegante, una mujer con fuerza y una novia de una belleza apabullante”. Él no le está regalando los oídos, está diciendo lo que piensa, lo que siente, porque es la visión que tiene de ella: fuerte, porque en más de una ocasión lo ha demostrado; elegante, para él está guapa vista lo que vista, y con la última frase pone voz a lo que sintió cuando la vio en la iglesia. “Mi esposa. Claire Fraser” termina Jamie. La realidad golpea más fuerte a Claire de lo que lo hizo Jack Black y el daño es sumamente mayor, porque no es físico, sino psicológico.

Juntan sus copas y beben. Jamie bebe para liberarse, para que el alcohol calme sus nervios y caliente lo que ellos enfrían. Claire bebe de golpe el whisky como si se tratara de agua. Coge la botella, llena las copas ante la mirada de Jamie, sin brindis ni nada vuelve a tragar el contenido. ¿Por qué bebe de ese modo? Para tratar de ser valiente y enfrentarse con la mayor entereza a esta nueva situación, para recuperar el valor que la abandonó, para que sus fuerzas no flaqueen y no dejarse llevar por la desesperación. Llena su copa una vez más, ante la estupefacción de su recién estrenado marido, que la mira con desconcierto, asombro… la cara de Jamie es una gama de expresiones que llenarían la paleta de cualquier pintor. Ante tal situación todos, si nos ponemos en el lugar de él, nos pondríamos a pensar y seguro que llegaríamos a conclusiones distintas, pero Jamie le repite lo que le dijo cuando le hizo las curas: “No tienes que tener miedo de mí, Claire” añadiendo que “no me abalanzaré sobre ti”. Ella lo sabe dado que… que… bueno él es virgen.

En un intento de sinceridad, Claire le dice que tiene preguntas que hacer. Jamie ya contaba así que: “¿Qué quieres saber?” Ella termina siendo directa, porque los rodeos no valen para nada. “¿Por qué has aceptado casarte conmigo?” Si antes ya le era sincero, ahora que ella es su esposa no sólo le debe sinceridad, sino que también honestidad: “Yo tampoco tuve mucha elección”. Así es como Jamie, mediante flashback, nos cuenta lo sucedido el día anterior. Ned expone ante Murtahg y él, bajo la atenta mirada de Dougal, las intenciones de Randall, por lo que en el intento de protegerla: “todo vamos embarcar en un barco hecho enteramente de papel”. Están en manos de la Rueda de la Fortuna, todo puede salir bien, pero con tan sólo una chispa se puede venir abajo. Si todo sale bien: “El matrimonio debe consumarse inmediatamente y los testigos deben jurar que estuvieron presentes.” Este último punto a Jamie no le gusta, porque sabe que Claire no lo aceptará de buenas a primeras. Pero por si alguien no se ha dado cuenta, el único propuesto para ser novio es él, por qué, Dougal nos da las razones: “Tú conoces a Randall, sabes de lo que es capaz”. Jamie también deja claro que “si Claire se convierte en mi esposa, te agradecería que dejaras de hablar y pensar en ella como si fuera una vulgar prostituta”. Pide respeto para ella, como mujer, como persona, como su esposa.

 

 Volvemos a la alcoba donde Claire descubre que detrás de lo que hizo Jamie se esconde la protección, el mantenerla a salvo. “Esa es la esencia” le responde Jamie. Es sólo la punta del iceberg, porque quien haya leído el libro sabrá que él se casó con ella por otros motivos más personales, incluso egoístas, que no confesará tan pronto. Además le deja claro que: “Tienes mi nombre (entiéndase el apellido), mi clan, mi familia y, si es necesario, la protección de mi cuerpo también.” Esas palabras dichas por ese orden, tan claramente pronunciadas hacen que una parte de Claire se relaje, pero al mismo tiempo se siente conmovida, porque es el primer hombre que le ha dicho que moriría por ella si hiciera falta. Decide sentarse a su lado. Al lado de su ahora marido. Unen sus manos, imagino la de ella fría y un tanto húmeda por los nervios, la de él cálida transmitiéndole seguridad. Como les ocurrió siempre, sus miradas se quedan suspendidas, atrapadas y por primera vez algo los empuja a acercarse lenta e irremediablemente. La tensión sexual crece cuando: “Háblame de tu familiadice Claire rompiendo el intento de beso. Jamie soltando el aliento, porque hasta ese momento su respiración era irregular, se ríe. “¿Cuántas generaciones atrás?” Pregunta aguantándose la risa. “Con tus padres bastará”.

Así Jamie comenzará el relato de su familia. Esa historia que tanto le gustaba contar a su padre. Hablará de su madre, Aileen MacKenzie, hermana de Dougal y de Colum. Había otras dos hermana, Jocasta y Jane, que falleciócomo mi madre”. Así la noche los encuentra todavía vestidos, charlando animadamente. Mientras que la bóveda celeste se llena de pequeñas lucecitas, las estrellas bajan gracias a las manos de Claire que se encargará de encender las velas y mantener los aposentos iluminados. Toda esta pantomima hace que Claire se relaje más, pero también es una forma de evitar lo inevitable, de ralentizar el tiempo. Por otro lado, es una manera de conocer un poco mejor al hombre con el que se ha unido en santo matrimonio.

Cuando más a gusto están el duo dinámico, formado por el simpático Angus y el grandilocuente Rupert, entran sin querer en la habitación: “Te dije que retrocedieras ¡idiota!” Estas dos viejas cotillas, enviadas según parece por orden de Dougal, vienen a comprobar que el matrimonio ya está más que consumado, pero se encuentran con unos recién casados vestidos. Jamie al comprobar a lo que han venido no se anda con chiquitas: “Fuera”. La escena vivida provoca en Claire risas y no puede evitar preguntar: “¿Ellos forman parte de tu familia?” Gracias a Dios y a todos los Santos solo Rupert, que es “primo lejano”.

 

La realidad vuelve a abofetear a Claire. Ha llegado el momento, no se puede retrasar más. Jamie lo sabe, su expresión también lo dice. “¿Quizá deberíamos ir a la cama?” En un intento de aclarar conceptos Jamie pregunta hábilmente: “¿A la cama… o a dormir?” Consciente de que ella no dormirá vestida le ofrece su ayuda con los lazos, cordones y demás cosas. Antes de nada quitarle el vaso de las manos, cosa importante. “Primero la falda” dice ella. La respiración de Claire es irregular y más cuando él quita la cinta alrededor de cuello, mientras acaricia la piel desnuda de sus hombros. Concentrado, Jamie deshace los nudos del corsé hasta que cae al suelo. Así, semidesnuda, tiene delante a la mujer que desea. Sin esperar un instante, toca su piel con la punta de sus dedos. Primero es un leve roce como si tuviera miedo de que ella desapareciera, se volatilizara y se escurriera entre sus dedos sin poder atraparla. Poco después su mano se vuelve más atrevida. Su belleza lo embriaga y la suavidad de su piel blanca como la nieve lo vuelve loco. “Es mi turno” susurra Claire. Sólo puede quitarle el cinturón, porque Jamie cegado por el deseo la besa apasionadamente. Cuando sus labios se juntan y sus bocas se unen, una pasión descontrolada se apodera de ellos. Cuando sus lenguas se rozan y comienzan su baile sensual, las conciencias se diluyen y los sentidos se difuminan salvo el tacto que está a flor de piel.

¿Dónde aprendiste a besar así?” Pregunta ella cuando el beso se rompe. Él con una sonrisa ladeada, agradecido más que por el piropo y por sentir que el cuerpo de ella le responde: “Dije que era virgen, no monje.” Sin esperar más, porque si lo hace estallará, le deja claro que “si necesito ayuda… te la pediré”. Viendo la urgencia de Jamie, Claire, sin pretender convertirse en maestra, le mostrará el cómo dejándolo un poco desconcertado. A partir de ahí se convertirán en uno. El mundo desaparecerá, el tiempo se parará, sólo la noche será testigo del acto y las enseñanzas amorosas: “Jamie, me estás aplastando”. Pero también del desconcierto y el malestar de ella. Es la primera vez que le es infiel a Frank, a su memoria. Ya no sólo es Claire, sino que es una pecadora, “una bígama”, “una adúltera”. Lo peor es que su cuerpo ha respondido a cada estímulo de Jamie, aún así no se siente muy satisfecha y hay una razón más: es una mujer que disfruta del sexo, así nos la presentaron desde el principio. Es cierto que Jamie es inexperto, pero todo fue muy rápido y ella no disfrutó mucho, es una de las preocupaciones que tiene. Siente una atracción por él que crece a cada minuto, a cada segundo que pasa, quiere estar con él y sentirlo de igual manera en la cama.

Pero debe dejar sus sentimientos a un lado. Fue la primera vez para Jamie. Él parece tranquilo, satisfecho también, por lo que decide preguntar: “¿ha sido como esperabas?” Pretende responder, lo piensa, se niega a hacerlo, ella insiste, él claudica diciendo: “No sabía que se hacía cara a cara. Pensaba que se hacía de espaldas, ya sabes, como lo hacen los caballos”. Claire tiene que reír, no lo puede evitar, ahora Jamie es el que pregunta: “¿Te gustó?El tiempo se congela bruscamente para él. Murtagh, Rupert y Ned se lo advirtieron en esos consejos que le dieron antes de subir, pero la realidad a veces duele, desconcierta porque no era como él lo sentía en ella… “Me gustó, Jamie” le dice. Tras pronunciarlo debe poner distancia entre ellos, ahora Jamie es el que se relaja mientras Claire, sigue rompiéndose por dentro. Saberlo es una cosa, pronunciarlo es convertirlo en realidad. Una realidad que aleja más si cabe a Frank.

 

 “Necesito algo de comida” dice intentando huir, escapar, alejarse de él, de todos. Necesita estar sola, Jamie intenta frenarla, pero no lo consigue. Con lo que se encuentra son con las chanzas de la gente que está fuera celebrándolo. Él sale a su rescate haciendo frente a cada uno de los chistes. Le dice que entre en la habitación de nuevo, ella obedece de inmediato. Jamie cogiendo comida sigue lo mejor que puede las bromas, quien le da un poco de aliento es Murtagh aunque hay alguien que lo sorprende: “No creo que me lo hayas agradecido apropiadamente” le dice su tío. Jamie responde, pero Dougal no lo dejará irse así como así porque “nunca debes dejar que una mujer te vea ansioso por complacerla, le das demasiado poder” le dice Jaime a Claire. La sinceridad se instala entre ellos, no se esconden nada, no se guardan nada, se lo cuentan todo como antes de la boda. Claire curiosa le pregunta cuál fue su respuesta: “Le dije que estoy totalmente bajo tu poder y feliz de estarlo”.

 

Para retrasar los acontecimientos, otra vez, le pregunta por los colores de su kilt. Jamie le confirma que son los colores de los Fraser. “¿Dónde lo conseguiste?” pregunta Claire. Muy fácil, gracias a la pericia de Murtagh, paciencia, tiempo y una buena conversación con una viuda Fraser. Condición fundamental: devolvérselo. Jamie le agradece el esfuerzo que hizo, porque su deseo es casarse con los colores de su clan, no con otros, y por nada del mundo Murtagh le permitiría que saliera a buscar la tela él solo por ahí. Por ello Jamie le cuenta la verdad de sus intenciones: “Planeo casarme una sola vez, Murtagh” y lo más importante para Jamie es que “lo haré de tal forma que mi madre se sentiría orgullosa”. Él es su hombre de confianza, de hecho es en la única persona que confía junto con su futura esposa. “¿Qué piensas de ella?” Murtagh responde secamente: “Será apropiada”. Jamie va más allá diciéndole que su madre, posiblemente, la aprobara. Murtagh intenta disimular, pero no puede. Conoció a Aileen MacKenzie y no la puede olvidar. Le pide su broche y él se sumerge en sus recuerdos: “Tu madre tenía la sonrisa más dulce (…) La sonrisa de Claire es igual de dulce”.

Claire no da crédito, Murtagh regalándole un piropo como ese. Jamie se siente orgulloso. Que él le dijera esas palabras de ella le dio más aliento para continuar adelante con la boda. “No habría esperado algo tan romántico” dice ella todavía asombrada. Sabremos algo más, su nombre: Murtagh Fitzgibbons Fraser. Claire también se sorprende que su tío esperara a la llegada del kilt, porque Dougal estaba muy ansioso (ni que fuera el novio). Momento en el que Jamie reconoce que: “lo relenticé”. ¿Cómo?: “Lo haré, pero tengo tres condiciones”, su tío no puede más y se pone a jurar en todo.

 “Primero, debemos casarnos apropiadamente, en una iglesia, ante un sacerdote”. Así vemos, como Dougal y uno de sus hombres, arrastran al cura (resfriado) hasta unas ruinas. Allí lo intentarán convencer a base de amenazas y versículos. Dougal, perdiendo los nervios conseguirá la primera condición de su sobrino. Todo hay que decirlo, el cura fue duro de pelar hasta que se llegó a la cuestión de las ventanas, a partir de ahí fue todo rodado. “Iglesia y dinero: algunas cosas no cambian” dijo Claire acercándose a Jamie para ofrecerle de comer, pero rechaza la comida y le besa la herida de la muñeca. “¿Cuál fue tu siguiente condición?” Le pregunta.

Segunda condición, tener un anillo apropiado para la novia. Con ese encargo nuestro duo favorito fue en busca de una herrería. La toparon, no sin antes oír las protestas de Angus: “si me hubieras dejado terminar el juego, podría haber ganado un anillo”, pero nadie convencería a Rupert de otra cosa que no fueran las órdenes de Jamie, porque es lo que él quiere. Después de saludar a un hombre: “¿Eres el herrero?” pregunta Rupert de modo cordial. Angus sin mirarlo tiene la respuesta correcta: “Desde luego que es el herrero, grandísimo ignorante”. A partir de ahí le explican que necesitan un anillo, pero no un anillo cualquiera sino uno que esté hecho con parte de una llave: “el novio quiere que mantengas la parte que va en la cerradura y… la… parte en el otro extremo” es la explicación (si puede llamarse así) que da Rupert. “La hoja y el arco” le corrige el herrero. El buen hombre puede hacerlo y por unas cuantas monedas lo hará con rapidez. “¿Llave de qué?” pregunta ella con curiosidad, mientras Jamie evade la pregunta: “Es simplemente algo que tenía en mi sporran (monedero o bolsa).” Viendo que va a ocultar la procedencia de la llave, Claire pregunta de nuevo: ¿Cuál fue la última condición?

Un vestido de novia que tendría que encontrar el viejo Gowan. Sí, lo encontró, por supuesto que lo encontró, en un burdel. Un vestido precioso que parece que fue “cortesía de cierto Lord que nos es familiar”. Procede de Londres, es un vestido exquisito, hecho para una dama de clase alta. Un chelín le piden y viendo que a él no le supone nada, la madame no duda en mover a una de sus meretrices para que atiende como debe al abogado. Jamie y Claire se ríen, porque el propio Ned así se lo contó a Jamie. “¿No viste a la ramera en la boda?” Claire sí se fijó, pero no sabía que fuera meretriz, porque tenía una resaca tremenda, así se lo cuenta a él y así llegó a la iglesia. “Así que, ¿no recuerdas nada de tu propia boda?Evidentemente de algo se acuerda, aunque él…

 

Recuerdo cada momento, cada segundo”. Cuando salió de la iglesia para recibir a la novia, a su novia, su futura mujer, ese momento no lo olvidará hasta el día de su muerte. “Fue como si hubiera salido en una día nublado y de repente brillase el sol”. Una mujer ayuda a Claire a sacarse la capa que cubría el majestuoso vestido con bordados de hojas que parecían realizados con hilo de plata y su resplandor bajo los rayos del sol la convierten en un ángel, en su ángel. Claire también se fijó en Jamie, estaba impresionante, vestido con sus mejores galas. A paso firme se acercó hasta ella donde le hizo una reverencia y se presenta como “su siervo, Señora”. Se miran fijamente, como reconociéndose el uno al otro. Lo único en lo que pensó Claire fue: “no puedo casarme contigo”. Jamie no entiende, por un instante entra en pánico y pide con la mirada una explicación. “Ni siquiera sé tu nombre real”. Sonríe más tranquilo, nadie se había percatado de ese pequeño detalle. “Es Fraser. James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser”. Ella desconcertada se presenta: “Claire Elizabeth Beauchamp” acto seguido le ofrece su mano, el saludo actual. Jamie que no sabe porquelo hace, se la coge entre sus dos manos. “Bien, si habéis terminado, procedamos con esto” dice un Dougal desesperado.

Claire reconoce que “algunas cosas están claras” de esa mañana. De lo que no se olvidará jamás fue que antes de entrar en la iglesia se quitó la alianza de su primer matrimonio. Así, como si fuera a su propio entierro, entra en la iglesia seguida de Jamie y de los demás invitados, delante de los cuales pronunciarán sus votos, Jamie con voz clara y firme, Claire nerviosa, el aire no le llega a los pulmones, cada palabra que sale de su boca es un paso que la aleja de Frank y hace un inmenso esfuerzo para no derramar ninguna lágrima.

¿Tiene el anillo?” Pregunta el cura. Jamie lo deposita encima de La Sagrada Biblia para que se bendiga. Claire no contaba con ese detalle. Se dio cuenta que todo estaba minuciosamente pensado, pero lo que menos imaginaba era que Jamie lo organizó así por ella. Mirándola a los ojos y entregado por completo, le coloca el anillo en el dedo. Claire mira para él, mientras ese anillo la hace suya. Dougal, harto de tanta pantomima, agarrando su puñal coge la mano de Jamie y le hace una herida en la muñeca, lo mismo hace con Claire, con un pañuelo blanco ata las dos manos. Jamie le dice a Claire que repita lo que el diga:

Tú eres sangre de mi sangre y hueso de mis huesos.

Te doy mi cuerpo para que los dos seamos uno.

Te doy mi espíritu hasta el fin de nuestros días.

Estas son las palabras del juramento de sangre, un juramento casi tan importante como los votos matrimoniales. Es un antiguo ritual pagano, que algunos sacerdotes prohibían, pero no en este caso (gracias a las ventana no lo olvidemos) no es así. “Puedes besar a la novia” le dice el cura. Jamie se acerca a Claire y cuando por fin sus bocas se unen alargan hasta donde pueden esa maravillosa sensación. “Cuando me besaste así, bueno, quizá no sentías tanto el haberte casado conmigo después de todo” Jamie no pudo continuar, porque el movimiento de la mano de Claire lo desconcierta.

Sin mediar palabra se levanta, se aleja y dice: “Quítate la camisa. Quiero verte”. Jamie se levanta, se sitúa enfrente de ella haciendo lo que le pide sin saber a qué atenerse. Ella recorre su cuerpo, con la vista y con las manos. No le toca las cicatrices, a ambos les duelen, haciendo que Jamie se relaje aflojando los puños. La tensión sexual está al límite, la pasión arde como el fuego en la chimenea, el deseo corre por las venas quemando todo a su paso, alterando las respiraciones. “Lo justo es lo justo. Quítate la tuya también”. Así lo hace. Jamie la mira intensamente, profundamente como si estuviera memorizando cada linea, cada curva de su cuerpo. La fuerza de su mirada es tal que Claire se siente cohibida: “¿Nunca has visto una mujer desnuda antes?” le pregunta. “Sí, pero no tan de cerca. Y ninguna que fuese mía”. El beso los acerca al abismo del placer una vez más. Ávidos por unirse de nuevo, se entregan sin reservas. Claire en esta ocasión, dejándose llevar por las sensaciones de su cuerpo y despojándose de cualquier recuerdo, llegó a límites hasta entonces desconocidos. Algo en Jamie, su cercanía, su tacto, el simple hecho que con su presencia la haga sentirse protegida, la excitaba y hace que lo desee con más ganas. Mientras que su primer encuentro fue un conocerse el uno al otro, ahora la intimidad se vuelve salvaje, pasional en todos sus aspectos. Por su parte Jamie, aunque con poca experiencia en el ámbito amoroso, se muestra muy atento y preocupado por ella.

 

Sólo si el hombre es muy buen amante” le dice mientras le demuestra que no le hizo daño y que a veces hasta un poco de dolor es más excitante de lo que parece. Así, Jamie conocerá otros modos de recibir placer. Claire, completamente desinhibida, disfruta de Jamie, disfruta del placer que le proporciona su joven y fornido cuerpo. Ella tiene el control en la cama, es como le gusta, además sabe que él lo está disfrutando igual que ella. “Pensé que mi corazón iba a estallar” una frase que describe exactamente lo que siente él. Poco tiempo después se queda profundamente dormido.

Claire aprovecha para bajar y coger algo para comer y beber. Lo que no cuenta es encontrarse con Dougal que viene de ver a Randall, lo importante es que el capitán tiene otros asuntos que requieren de su presencia “que perseguir a una sassenach descarriada sin importar lo bonita que sea”. Lo que nadie cuenta es que se le insinúe de forma abierta: “pero eso no tiene que detenerte de disfrutar de otros placeres. Encuentro que eres la mujer más singular, Claire”. Ella, siendo fiel al hombre que está durmiendo en su cama, al hombre que le ha entregado su cuerpo y sin saberlo su alma, deja claro cómo va actuar y quién es: “Soy la mujer de Jamie”. Justo en ese instante llega Rupert, al que Claire agradece lo que hizo por conseguir un anillo tan bonito. Un comentario poco afortunado de Rupert, lleva a Dougal a darle un puñetazo y echarlo a los establos.

Claire entra de nuevo en la alcoba. Por la ventana entra la luz de la luna, pero no la ve porque está concentrada en la llama de la chimenea y perdida en sus pensamientos. Jamie despierta, la ve ausente, como si estuviera en otro lugar. La ve distante, como en muchos otros momentos a lo largo del día. Tiene que conseguir que se abra de algún modo a él. Se fija en los rayos de la luna, se acerca a su sporran y saca un precioso collar de perlas escocesas. Se lo pone en el cuello. “Pertenecían a mi madre. Y ahora pertenecen a mi esposa”. Ella no contaba con un presente con tan valioso. “Son una de las pocas cosas que me quedan de ella. Son muy preciadas para mi. Como lo eres tú, Claire”. Con estas palabras, con el collar, se expone a ella. Es muy pronto hablar de amor, pero los sentimientos están ahí. Quiere demostrarle que, aunque él tenga sus propias razones por las que aceptó ese matrimonio, ella forma parte de su vida. Jamie también es consciente que se tiene que enfrentar a un recuerdo: Frank Randall. No es igual batirse en duelo con un hombre de carne y hueso, que hacerlo con un fantasma al que nunca podrás dar muerte. Claire, conmovida por el hecho que para Jamie ella signifique más de lo aparentaba esa boda rápida, le vuelve a entregar su cuerpo, de momento es lo único que le puede ofrecer, porque ni ella misma sabe que siente. Esta vez hacen el amor de una forma más tierna, más dulce. Son dos amantes que se han encontrado, se han conocido, se han descubierto mutuamente y disfrutan el uno del otro, de su compañía, mientras sus cuerpos se mueven con suavidad, sin prisa. Claire abrigará a Jamie con la manta, la noche está fría como su piel. Ese simple gesto demuestra que a partir de ahí ella lo tendrá presente en todo lo que haga, ya no está sola.

A la mañana siguiente amanecen como cualquier pareja de recién casadas, pero él con un hombre voraz. Mientras, ella le regala una gran sonrisa. Jamie la deja sola. Se pone a recoger las prendas que están esparcidas por el suelo, coge el magnífico vestido y lo sacude. La alianza de oro sale volando, cae en la madera, rueda durante un rato y se queda entre dos tablones. Su rostro muestra como ella se está mortificando, por no acordarse de su anillo, ese anillo que la une a otro hombre, a otra época. Claire se acerca, es una imagen que recuerda un poco a El Señor de los Anillos. Lo coge, se lo coloca de nuevo en la mano. “Dos matrimonios” le había dicho la mujer del predicador, dos historias diferentes, dos alianzas la atan de la misma forma y para siempre.


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